Mi Maestro
Por Clarence Burris
Editado al Español por: Rocío Romo-Burkhardt
¿Has pensado algún día que un chico de 7, 8 o 9 años podría ayudarte a entender las experiencias de la vida y establecer tus prioridades? Pues yo tampoco, hasta que empecé a aprender esas cosas a través de mi hijo Marc.
A pesar de que he hablado muchas veces sobre Marc, hasta ahora nunca había escrito sobre él y la relación tan especial que existe entre nosotros. Marc tiene 9 años, es Autista y Epiléptico, muy seguido padece convulsiones de tipo “pequeño mal”. La comunicación con Marc es verbal, pero de ninguna manera responde a preguntas, conversar para él es hablar de cualquier cosa que pasa por su mente. Su desarrollo físico y apariencia son normales, por otro lado su habilidad cognoscitiva es la de un chico de dos años y medio. Es bastante hiperactivo, con cambios de humor severos así como en su forma de actuar, esto dificulta las actividades cotidianas. Aún hacer las compras puede ser agotador o a veces imposible, dependiendo de su estado de ánimo.
Mi esposa Elizabet y yo nos esforzamos mucho en la lucha con Marc todos los días. Los medicamentos para la hiperactividad y las convulsiones ayudan, pero no lo suficiente para permitirle a Marc que se concentre o mantenga su atención en ningún tipo de tarea que le ayude a adquirir nuevas habilidades. A pesar de esto, reconocemos que Marc fue un regalo maravilloso que ha enriquecido nuestras vidas. Como padre, solía soñar con un hijo con quien poder jugar béisbol y llevarlo a actividades deportivas. No puedo hacer eso con Marc pero él es más de lo que nunca hubiera podido imaginar; es el hijo que nunca hubiera soñado tener.
A Marc le llamo mi maestro porque me enseña algo nuevo cada día. Algunos días aprendo algo nuevo sobre él, mientras que en otros él me ayuda a entender mejor el mundo a mi alrededor. Lo más importante que Marc me ha enseñado es como amar. ¿Suena raro no? Pues así como parece de raro, es la verdad. Mi hijo me ha ayudado a entender mejor el mundo en que vivimos. Él me ha enseñado a tener otra perspectiva de las cosas y reconocer lo que importa y lo que no importa.
Hay que entender que cada cosa que Marc hace es genuina. No hay nada falso o pretencioso en él. Sus sentimientos son verdaderos, y de una manera refrescante, vacíos de tantos prejuicios cotidianos que llevamos con nosotros. Como él se siente hacia alguien, no tiene nada que ver con su raza, color, sexo u otra cosa. Marc sencillamente no sabe comportarse de una manera diferente. Él me hace recordar constantemente la parte integral que soy yo en su vida. Puedo yo estar sentado relajándome y de repente llega Marc se sube a mis piernas y me da un abrazo grande, diciendo solamente “Queda con Papá”. Estar con Marc me ha hecho una mejor persona, verdaderamente él saca lo mejor de mí.
Hay tantas carencias en la vida de Marc, tanto que él no podrá experimentar, disfrutar o apreciar, pero yo sé que es feliz y su vida es completa. Su mundo es mucho menos complejo que el nuestro. Nadie quiere complicar menos sus vidas, Marc lo hace naturalmente, sencillamente porque no deja que las cosas se compliquen desde un principio. Él está contento en su propio mundo y casi siempre es feliz. Mi esposa y yo muchas veces le llamamos “Señor Feliz”. Nunca he visto a nadie capaz de decir tanto con tan pocas palabras.
Marc me ha enseñado también cómo estar feliz. Me ha mostrado que la felicidad es un estado de la mente y que todos tenemos control total de nuestra propia felicidad. Yo observo como él toma el control de su propia felicidad todos los días. Antes me fijaba en sus dificultades, me sentía mal y me lamentaba porque nunca podría vivir una vida normal. Ahora, celebro con envidia su libertad de expresión y su paz. Muchas veces pienso que el mundo sería mejor si estuviera lleno de personas con “habilidades diferentes” como Marc, en lugar de todos nosotros los “normales” que hemos arruinado todo. Hay tanto que podemos aprender de personas como mi hijo, solamente tenemos que darnos un momento y dejarles compartir su mundo con nosotros, observar como actúan y qué les importa: “dejarlos ser nuestros Maestros”.
Clarence Burris vive con su esposa Liz y su hijo Marc en Tacoma, Washington. En su tiempo libre Clarence se dedica a la restauración de autos deportivos ingleses. También es miembro del Comité Directivo de la Red de Padres del Estado de Washington. Liz se dedica a la terapia ocupacional.