Imágenes de Padres

James May y Jake Sweet






 

Imágenes de Padres
Por James May
Editado al Español por: Rocío Romo-Burkhardt

Como Director del Proyecto de la Red Nacional de Padres, me he pasado los últimos nueve años viajando por todo el país, ayudando a iniciar grupos de apoyo para padres que tienen hijos con necesidades especiales. He visitado 34 estados y logrado más de 200 entrenamientos. He sentido el intenso frío de Maine, el clima tropical de Hawai y el ardiente sol de Texas. Ha sido un tiempo grandioso, en términos de haber conocido este país y las diferentes personas que en él residen, así como conocer también a hombres que están comprometidos a ser los mejores padres de hijos con necesidades especiales o enfermedades crónicas. Me ha conmovido hasta las lágrimas, escuchar las experiencias que comparten unos con otros. Cuando pienso en estos viajes, encuentro imágenes punzantes y recuerdos maravillosos y encantadores que reflejan algo importante acerca de los padres y el deseo que tienen de ser competentes y comprometidos como padres. Recuerdo a dos hombres que asistieron a la junta de padres y se sorprendieron al encontrarse ahí. Con asombro y algo de vergüenza descubrieron que cada uno tenía un hijo con discapacidades. Se asombraron porque tenían cuatro años trabajando juntos y nunca habían compartido ese “secreto”. He visto y escuchado varias experiencias semejantes por todos los lugares que he visitado. Lo más sobresaliente es el aislamiento que tantos hombres experimentan, por temor a compartir ese mundo especial y no ser comprendidos, y con poca disposición a extenderse hacia otros para ayudar. Los viejos modelos del “machismo” -teniendo todo bajo control, siendo autosuficientes, sintiéndose capaces de solucionar cualquier problema sin pedir ayuda- se mueren lentamente. A fin de cuentas, para poder hablar de nuestro propio hijo, para saber que tenemos los mismos temores, enojos y frustraciones así como los gozos y logros personales, es una experiencia increíblemente poderosa. Rutinariamente yo les pregunto a los hombres porqué vienen a las sesiones. Constantemente las respuestas son: “mi esposa quería que viniera” o “yo vine porque me dijeron que viniera”. Cuando se termina la sesión les hago la misma pregunta y su simple respuesta es: “vine a compartir mis experiencias y sentimientos con otros hombres que han tenido una experiencia semejante”. El aislamiento se acaba cuando las semejanzas se hacen evidentes.

Una forma de tratar con nuestro dolor es negar que lo sentimos. Al decir “yo estoy bien” o “todo está bien”, se oculta la confusión respecto a lo que muchos hombres sienten acerca de sus familias y la luchan que enfrentan. Recuerdo al hombre que instaló mis ventanas. Él se encontraba muy enojado y casi nunca nos vimos a los ojos. Al terminar el trabajo me pidió usar el teléfono de mi oficina. Sobre mi escritorio estaba un libro que trata sobre familias que educan a niños con necesidades especiales. De repente me preguntó: “¿qué sabes tú acerca de niños incapacitados?” Al contarle de mi trabajo él desencadenó, por veinte minutos, la furia relativa a los últimos 15 meses en su vida, desde que su hijo con necesidades especiales nació. Se quejó amargamente de los costos médicos, la tensión que sentía junto a su esposa y la pérdida de su trabajo. Era obvio que por primera vez había compartido esta información con otra persona. Lo que también era obvio era el amor y preocupación que sentía por su niño. Sin interrumpirlo, lo dejé compartir su historia y cuando terminó, le comenté del grupo de hombres que se reunían para compartir sentimientos semejantes y APOYARSE unos a otros en esta lucha. Se asombró al escuchar que existían grupos como estos. Como muchos otros hombres, él necesitaba un lugar donde poder ventilar sus frustraciones, compartir temores y alegrías y solicitar ayuda. En muchos hombres no siempre es igual lo que expresan a lo que están sintiendo por dentro, ellos necesitan ambientes seguros en donde puedan ser entendidos y aceptados.

Continuamente me asombra como un grupo de hombres con diferentes pasados, pueden relacionarse inmediatamente unos con otros. En un grupo de padres, uno puede encontrar mecánicos, vendedores de computadoras, leñeros, profesores, soldados e ingenieros. Hasta yo me pregunto en una sesión, cómo es que estos hombres encuentran algo en común. En particular, recuerdo a un hombre que estuvo sentado muy quieto las dos horas de la sesión, se encontraba ajeno a todo lo que estaba sucediendo a su alrededor y nada lo hacía hablar de su niño. Parecía que estaba fastidiado por lo que estaba aconteciendo. Ya para terminar levantó la vista y comenzó a hablar de su hijo, como deteniéndose al empezar pero con más confianza al continuar. Habló de lo clara que estuvo la sesión y que intentaría volver a la siguiente. Obviamente yo lo había juzgado mal; solo me quedó comentar con los líderes de los grupos, del COMPADRAZGO que existía entre los hombres, en qué poco tiempo se había logrado y que todos tenemos nuestra propia manera de compartir lo nuestro. Aunque los hombres son todos muy diferentes, al mismo tiempo son muy iguales. Por dentro de ese exterior tosco, hay algo muy tierno queriendo salir y ser aceptado. Los hijos de ellos son el pegamento que los une.

Sería negligente no comentarles de la risa, el buen humor y encanto que los hombres agregan a las discusiones acerca de sus niños. Los primeros pasos a la edad de 5 años, enseñando una sesión de comer o cambiar un pañal, el gozo de llevar al niño a una alberca un Sábado por la tarde, el alivio de haber sobrevivido a la operación de corazón de un niño y la oportunidad de llevar a una hija a un campamento de un día.......estas son las historias que contamos cuando estamos juntos. El tiempo que bromeamos unos con otros, las leves discusiones sobre “quien se hizo la vasectomía”, el intercambio de cigarros cuando nace un niño y la preparación de una comida sabrosa para la esposa...todo se hace con mucho gusto, rara es la vez que me retiro de una junta triste o apenado. Para los padres que tienen hijos con necesidades especiales, el éxito les viene de muchas maneras, despacio y con medida, con esperanza después de algo muy desesperanzado. Para muchos padres el niño llega a ser un don de amor, un maestro. Como comentó un padre: “Me siento orgulloso de mi hija y aún más orgulloso de mí, que soy un buen padre. La ironía es que tal vez no lo sería si mi hija no tuviera necesidades especiales”.

Se ha escrito mucho respecto a los padres negligentes en sus responsabilidades. Estos hombres me han enseñado a descubrir algo más allá del estereotipo de hombre, y a descubrir hombres trabajando con mucho entusiasmo para llegar a ser excelentes padres, cuidadores con una gran sensibilidad y compasión. Ha sido un gran privilegio haber compartido este esfuerzo con tantos hombres. Yo he aprendido mucho y les doy las gracias a todos ellos.

James May
Director
La Red de Padres del Estado de Washington
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