¡ No me tocó!
Por: Alan Afualo
Traducción: Rocío Romo-Burkhardt
¡ No me tocó!. Apenas hace unos años, cuando todos mis amigos solteros empezaban a asentarse, casarse y ha tener hijos, a mi no me tocó. Me llegó la parte de asentarme y casarme, pero no me tocó la parte de tener hijos. Y no era que no me gustaran los niños, me gustaba ser el tío de mis sobrinas y sobrinos así como participar en todas las actividades familiares con mis primos y sus hijos, siempre y cuando después de todo esto, me tocara la parte de regresar a la paz de mi casa, la tranquilidad de mi propio espacio. Cuando uno de mis compañeros tuvo su cuarto hijo, yo le dije que a mi no me había tocado todavía y le pedí que me explicara. Con una expresión que solo podía ser de aquel a quien le “había tocado” el me dijo simplemente, “¡Son increíbles!” No puedes saberlo hasta que te toca tenerlos por ti mismo, pero son “¡simplemente increíbles!” Me lo dijo con el orgullo y gozo interminable de aquel que acaba de ascender el Monte Everest o el que acaba de ganar una medalla olímpica de oro y que sabe que simples palabras nunca podrán describir el sentimiento.
Me alegra decirles que ahora lo tengo. Hace cuatro años encontré a la persona por quien esperaba toda mi vida y hace tres años me casé con ella. Además me tocó un gran bono en este asunto: su hija Erika que en ese tiempo tenía seis años. Me convertí de pronto en esposo y padre al mismo tiempo. El ser padre de una niña de 6 años parecía como algo fácil. Ella era muy bien portada, encantadora y era un gozo tenerla alrededor, ella, era lo suficientemente grande para engancharse en una conversación de dos personas. Los amigos y la familia me preguntaban que, que tanto me gustaba el ser padre en un instante y yo les decía, “¡Ningún problema!” “¡Tráiganlos ahorita!”
Y así fue. Hace dos años tuvimos el gozo de saber que después del primer intento, Christie estaba embarazada. Hicimos todo lo que los padres que están embarazados hacen. Empezamos a escoger nombres, y a juntar las cosas que íbamos a necesitar. Con el primer ultrasonido, aprendimos que tendríamos un niño y que tenía un riesgo un poco elevado de tener síndrome de Down. Pero no nos preocupamos. Las posibilidades eran tan remotas, casi, casi, como escalar el Monte Everest o ganarse un medalla olímpica de oro. Por si acaso, fuimos con un consejero en genética, nos hicieron mas exámenes y no pensamos mucho mas acerca de esto. Y luego nos llegó la llamada.
Si eres el padre de un niño con una discapacidad, sabes de que hablo. Pudo no haber sido una llamada telefónica. Pudo haber sido una conversación con el doctor, o con el especialista o con un equipo de expertos. A la mejor fue algo que lo soltaron si avisar en el cuarto durante el nacimiento, pero en cierto momento aprendiste lo fundamental de la verdad y es que tu niño(a) no era lo que esperabas.
Los días siguientes involucraron el duelo que es predecible con la pérdida del hijo que se había imaginado por los cuatro meses en el pasado. Yo no recuerdo haber vivido la negación de aceptar que mi hijo, de hecho estaría discapacitado. Sin la esperanza de que hubiese sido una negligencia de parte del personal, los exámenes eran conclusivos. Nuestras creencias personales y religiosas hicieron a un lado todo pensamiento relacionado con el aborto. Este niño era nuestro, para tenerlo y educarlo y amarlo. Al niño que habíamos amado por los cuatro meses pasados, se había ido. Yo ya conocía a este pequeño niño, Yo ya sabía como se vería en su primer día de clases. Yo ya lo veía andando en su bicicleta sin las llantas entrenadoras, irse a la Universidad, casándose y teniendo sus propios hijos. Pero ahora se había ido y teníamos que empezar de nada nuevamente, aprendiendo a conocer a este “extraño ser” quien había tomado su lugar en el vientre de mi esposa.
Desde ese día, ha habido un sin número de cosas que han mantenido mi fortaleza y el valor, y me han ayudado a acercarme cada vez mas a ser el padre que quiero ser. La primera de estas es mi creencia en un Dios de amor, y que ya sea porque fue un designio o por azar del destino, este niño esta ahora bajo nuestro cuidado. Yo nunca me entretuve pensando en que esto era un castigo y que de alguna manera se nos estaba castigando. Algo que ha sido fundamental ha sido mi amor por mi esposa, y la fortaleza que tenemos estando juntos.
Otra de las fuentes de fortaleza con las que contamos en el principio, fue la respuesta que me dio mi mamá cuando le llamé llorando, para decirle que su nuevo nieto tendría síndrome de Down. Se quedó pensando por un minuto y en forma muy tranquila me dijo: “Yo no creo que este pequeño niño pueda ser mas afortunado, al tener unos padres como tu y Christie.” Desde ese día, todos los días trato de inspirarme en esa evaluación de mi madre. Cuando veo el brillo en los ojos de mi hijo, no puedo mas que agradecer el que este hermoso niño haya venido a mi familia en vez de alguna otra familia que no lo hubiera querido, o que no hubiera tenido la capacidad de amarlo. El solo pensamiento de que él estuviera en alguna institución sin que se le quiera o se le ame, me hace que las lagrimas broten.
Hablando de lágrimas, él me hace llorar en muchas maneras. En mi vida antes de Mason (por cierto, su nombre es Mason) yo era un típico estoico. Yo podía haber visto la película de “Old Yeller” y hacer bromas al final de la película sin ningún problema. Todas esa películas tristonas nunca me molestaron. Yo podía entender el impacto emocional de esas situaciones pero nunca sentí la necesidad de llorar. Ahora, siento la necesidad del por que no hacerlo. El ser el padre de Mason ha descubierto un lado empatético de mí que anteriormente en forma muy rara se revelaba. Ahora puedo reírme de las cosas tan sorprendentes que tu hijo ha hecho. Me emociono cuando haces alarde de sus logros y me enojo cuando nos tropezamos con las paredes de la burocracia. Lloro cuando me muestras el amor que le tienes a tu hijo. Y no lo siento como algo falso o pretendido. Lo siento como algo bueno, honesto y que es correcto.
Otra fuente de inspiración en mis intentos de ser un padre de valía, viene de una de las historias de James May en una de las primeras presentaciones de la Red de Padres a la que asistí. Uno papá se presentó a una de las juntas de padres y, después de escuchar a algunos de los padres lamentarse por los retos que representa educar a los niños con discapacidades, el tomo la oportunidad de compartir, “Después de haber tratado de concebir por un buen tiempo, ahora tenemos un hijo, que tiene síndrome de Down. Y lo digo Síndrome de Down, ¡síndrome de Down! Todo lo que sé es que tengo un hijo hermoso, y que lo amo y que me ama, y eso es todo lo que importa” Esas son palabras por las que vale la pena vivir.
El ser padre también representa retos. Uno de los mas grandes es el miedo. ¿Seré capaz de ser un padre competente? ¿Quién lo cuidara cuando yo no esté con él? ¿Se le cuidará si algo me llega a pasar? ¿Le amarán otras personas o le tendrán miedo? ¿Se burlarán de el? ¿Tendrá amigos? La única manera de sobreponerme a estos miedos debo de hacer lo mejor para abogar por él, educar a aquellas personas ignorantes, y tratar de incluirlo lo más posible cuando sea conveniente. Pero sobretodo siempre le diré que es amado, incondicionalmente.
Ustedes, Padres de la Red de Padres son mis héroes. Ustedes me enseñan lo que significa sacrificarse por sus hijos. Cuando oigo la montaña de batallas por las que tienen que pasar en la vida diaria, me siento un poco culpable de que para mí haya sido fácil. Mis tribulaciones parecen tan simples cuando la comparo con alguna de las de ustedes. Me sorprendo constantemente de los esfuerzos incansables y de sus actitudes tan positivas. Me siento privilegiado de aprender de sus experiencias y de compartir una hermandad que no es común en la sociedad actual. Pero sobre todo me conmueve su amor y su dedicación hacia sus hijos.
En cuanto a mi hijo, nos tocó conocer y amar a ese pequeño “extraño” y ahora pareciera que es el mismo niñito que conocíamos al principio. El nunca cambió, nosotros cambiamos. De nuevo me lo puedo imaginar en su primer día de clases, en su primer paseo en bicicleta, y creciendo para ser un joven del que me sienta orgulloso. Es curioso, per ni siquiera me puedo acordar como era el “otro” niño.